Pacarina del Sur
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Ricardo Melgar Bao

 

Parafraseo el título de un escrito de mi autoría publicado en Huánuco en 1967, quizás porque mi mirada de medio siglo ha subsistido vivita y coleando como cuy. Se ha desplazado y lo sigue haciendo por los vericuetos de mi memoria, huellas de vida, figuras imaginarias, líneas y textos escritos. Ha llegado el tiempo de que me coma el cuy sazonado al añejo estilo regional. Hay mucho en ese roedor que es muy mío y de mi promoción. Por lo anterior, devoraré con gusto cada una de las letras que conjugan su nombre y rearmaré, con sus limpios huesitos no apilados, un laberinto en el quepan todos. Sucede que ese tiempo que fue sigue siendo en nosotros.

¿Qué motivaciones tuve a mis 21 años para viajar a Huánuco en febrero de 1967 e integrarme como estudiante en el cuarto año de la carrera de profesor de Filosofía y Ciencias Sociales? Memoria, imaginación y olvido complican mi horizonte de significación a medio siglo de distancia. Diré, en primera instancia, que era un joven limeño pequeño burgués, cuya única brújula era la búsqueda de saberes cruzados o yuxtapuestos. A lo anterior, se sumaba un deseo profundo de conocer el país en que había nacido y que intuía ininteligible, turbulento y fascinante. En ese tiempo, Huánuco representaba un hito y un espacio a vivir y descifrar, dicho de otro modo: simbolizaba un rostro del Perú profundo que me era ajeno y desconocido. Idea y voluntad de vivir un año en Huánuco, alejado de Lima, mi ciudad primordial, representaba toda una aventura vivencial y cognitiva. La representación de Huánuco como ciudad imaginaria poseía hilos invisibles con la oralidad y la escritura, pero también con el archipiélago cultural peruano.

Ricardo Melgar Bao, Perú, mediados de la década de 1960
Imagen 1. Ricardo Melgar Bao, Perú, mediados de la década de 1960.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

Contaban los diálogos amicales con Guillermo Fernández Angües, huanuqueño de hondura, a quien había conocido cuatro años antes en el Colegio San Fernando, lugar de refugio de alumnos irredentos procedentes de colegios religiosos, como el Champagnat, San Luis, San Agustín o el militarizado Leoncio Prado. Huánuco ya era un satélite en mi imaginario juvenil. Continuó dibujándose a través de la narrativa publicada por un amigo de mi abuelo Pedro, Enrique López Albújar, así como de la poesía en la que el río gravitaba como hilo de Ariadna en la obra de Graciela Briceño, maestra y amiga. Tuve la fortuna de que Chelita me regalase la escucha de sus poemas recitados y su escritura diseminada entre libros y revistas.

Se sumó a lo anterior cierta proximidad con Esteban Pavletich, gracias a su esposa Lucía, mi compañera de estudios en la Universidad. Confieso que la obra de este escritor me hacía ruido literario y, por ende, la sentía distante y pasadista, poco atractiva. Sin embargo, iniciada mi estancia en Huánuco, cobró atención un escrito suyo datado en 1937. Se trataba de un libelo intitulado Autopsia de Huánuco, que en su momento generó rechazo entre sus paisanos letrados, indignados por su sentencia: “en Huánuco solo se mueve el río”. Pavletich, aventurero iconoclasta, al retornar de su prolongado exilio por varios países del continente, quería expresar su crítica y ruptura con la tierra que lo vio nacer. Intuía que iba a contracorriente, que él mismo representaba un riachuelo que corría en paralelo y en dirección opuesta al Huallaga. Su presencia fue creciendo en mis preocupaciones con el paso de los años, al punto que en pocos meses saldrá de imprenta un libro acerca de su obra intitulado Esteban Pavletich: Estaciones del exilio y Revolución mexicana, 1925-1930, en coautoría con Perla Jaimes Navarro y bajo el sello editorial del Instituto Nacional de Antropología e Historia en México.

Ricardo Melgar Bao, Huánuco, 1967 y portada del libro Esteban Pavletich. Estaciones del exilio y Revolución mexicana, 1926-1930
Imágenes 2 y 3. Ricardo Melgar Bao, Huánuco, 1967 y portada del libro Esteban Pavletich. Estaciones del exilio y Revolución mexicana, 1926-1930.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

 

La ciudad emergente sin señorío ni caballeros

A fines de la década de 1960, Huánuco seguía siendo una ciudad rural, conservadora en sus costumbres y arquitectónicamente descuidada y desigual, pero socialmente se había hecho más mesocrática. Su distinción cultural y barrial era plebeya. Su élite terrateniente era absentista, cuestionada por muchos por su descentramiento del desarrollo regional y urbano y su enconchamiento. La élite terrateniente buscaba la innovación dentro del viejo orden rural semiservil, aplicando la genética experimental para producir papas gigantescas o para fabricar tequila. Dichos proyectos fracasaron por no considerar las marcas culturales de los consumos regionales y nacionales ni las vías de su transporte y distribución. A un sector de dicha élite se le atribuía su enriquecimiento al cultivo de marihuana, con la corrupta complicidad de sus anémicas autoridades policiales o interesadas autoridades políticas. Estas versiones y rumores circulaban en conversaciones y encuentros informales en la Plaza de Armas, el claustro universitario, las contadas cafeterías o sus desvalidos, aunque bulliciosos bares. También corrían en el espacio prostibulario, lugar cultural que iba más allá de los acotados servicios de las sexoservidoras, llamadas en ese tiempo “putas” a secas. Las conversaciones masculinas de burdel eran intergeneracionales y poseían el tufillo de la infidencia, la ironía, el chisme y el sarcasmo.

Era Huánuco un departamento de baja densidad demográfica y de fisonomía predominantemente rural. Su población total, según el censo de 1961, era de 198,341 habitantes. Su capital departamental había doblado su población entre 1940 y 1961 y, no obstante haber pasado de 11,996 habitantes a 24,646, no dejaba de ser una ciudad pequeña. Huánuco era un lugar de tránsito entre el hinterland amazónico del Huallaga y la región andina central.

Su alicaída Plaza de Armas, con su catedral en ruinas, retrataba la marginalidad e inercia económica y social. Completaba el cuadro el Nueva Era, un bar desangelado al que concurría un segmento de su bohemia plebeya e insumisa; la pequeña cafetería de Rouillón, que atraía a una franja discreta de su clase media a compartir un café solo o con leche, acompañado de una butifarra o un pastel de manzana; un hotel de turistas que pocas veces se llenaba y ante el cual se alertó mi naciente sensibilidad política con la presencia en sus instalaciones de un convoy de dos jeeps y dos carros de transporte de tropa pertenecientes a un destacamento de los marines estadounidenses, destinados a la lucha antisubversiva contra los presuntos remanentes de las columnas del MIR y del ELN. Un año antes fue notoria su presencia con un par de muy modernos helicópteros artillados, hecho que denunció con fotografías y crónica un colectivo sueco perteneciente a la joven intelectualidad radical; el edificio público más lucidor de la ciudad era propiedad del Municipio; su figura más disonante era Edmundo Panay Lazo, luciendo impecables ternos de colores oscuros, zapatos bien lustrados o de charol y poseedor de una mentalidad insumisa que venía recuperando la historia regional y a sus íconos de la intelectualidad democrática, entre ellos Esteban Pavletich, los hermanos Varallanos, el casi olvidado y maltratado Ezequiel Ayllón y la poesía de Graciela Briceño. Concluida su jornada laboral, Edmundo se transfiguraba y daba rienda suelta a su pasión por el futbol regional, la identidad barrial, la bohemia, la lectura, la vida universitaria, a su diálogo con el río y su puente de cal y canto y a su entusiasmo por las utopías que gravitaban en nuestro imaginario generacional, según lo expresaron en su tiempo, que también era nuestro, Pedro Lovatón Sarco, Julio Soto, el inefable “Manguera” o Carmelo Trujillo, entre otros.

El polo más dinámico de la ciudad era la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, que incrementó la presencia de migrantes más amazónicos que andinos o costeños. Todos interesados en sus ofertas académicas, la circulación de ideas, prácticas culturales y consumos. La Universidad era muy joven, ya que entró en operación en 1962 con las facultades de Educación, Recursos Naturales y Ciencias Económicas. No obstante que había vida universitaria, la ciudad carecía de una librería. Un vendedor de periódicos ubicado en la esquina izquierda de la Plaza de Armas signó un viraje, una novedad. Podíamos adquirir periódicos nacionales y uno muy local: El Observador. Un día nos sorprendió gratamente al comenzar a ofrecer a la venta algunos libros de literatura y filosofía. Por ese tiempo los mejores libros, por su actualidad y calidad, llegaban con los viajeros o por encomienda terrestre enviada desde la capital.

El Observador núms. 15 y 16, 5 de septiembre de 1967, nota sobre los primeros juegos florales de la Universidad Hermilio Valdizán de Huánuco en los cuales Ricardo Melgar obtuvo primer lugar
Imagen 4. El Observador núms. 15 y 16, 5 de septiembre de 1967, nota sobre los primeros juegos florales de la Universidad Hermilio Valdizán de Huánuco en los cuales Ricardo Melgar obtuvo primer lugar.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

 

Nueva sensibilidad generacional: cascada de eventos

Las conexiones mediáticas fueron haciendo de la ciudad y de nuestra generación una nueva hechura. Contaba la recepción en onda corta de las emisoras propias de la Guerra Fría: la estadounidense Voz de las Américas, Radio Moscú y Radio La Habana. Los jóvenes adherentes a las diversas adscripciones políticas, se reactualizaban a través de la lectura de documentos nacionales e internacionales. Aun no eran tiempos propicios para la venta de periódicos nacionales, pero no tardarían en llegar a la ciudad en cantidad muy limitada.

No fuimos ajenos a los ecos de las guerrillas surandinas espacialmente tan cercanas, a la muerte del Che Guevara en Bolivia, a la culminación de la carrera universitaria y su ritual de paso que nos fue convirtiendo en egresados, graduados o titulados. Nos inquietaban las noticias acerca de los movimientos revolucionarios de las juventudes universitarias en el mundo; el parricidio intelectual de la Revolución Cultural China; el subversivo lema “la imaginación al poder” y el esfuerzo estudiantil de acercamiento a la clase obrera en Francia; las impresionantes movilizaciones de jóvenes en las calles de la Ciudad de México, cruentamente reprimidos por mandato presidencial en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Fuimos receptores de nuevas ideas filosóficas, estéticas, antropológicas, sociológicas y políticas.

Nos liberamos de algunas convenciones culturales heredadas de nuestros padres, consideradas fuera de tiempo, sintiéndonos algo más libres. Nos volvimos más informales en nuestro modo de vestir y en nuestra habla coloquial y comportamiento. Nuestros gustos musicales y de baile incidieron en nuestra sensibilidad y sociabilidad. El cine nos descubrió nuevas miradas acerca de la vida contemporánea, las alteridades, los rostros descarnados o alambicados de la violencia, selectivos episodios históricos relevantes del tiempo presente, registros culturales o políticos muy occidentales u orientales, prácticas iluminadoras o inspiradoras del erotismo y la sexualidad según las representaciones fílmicas francesas, suecas e italianas. La música folk-protesta nos volvió más latinoamericanos, como de otro modo lo venían haciendo la cumbia colombiana, el merengue dominicano, la balada y el rock mexicano. Desde los márgenes de la industria disquera, radial y televisiva, el huayno ingresó a las fiestas de los jóvenes de clase media en las ciudades costeras, incluida la capital. De otro lado, las canciones de Paul Anka, Neil Sedaka, los Beatles y los Rolling Stone, nos internacionalizaron. Tampoco fuimos ajenos a las nuevas coordenadas de la poesía y la narrativa peruana y continental.

Ricardo Melgar Bao en cerro de Huánuco, Perú, 1967
Imagen 5. Ricardo Melgar Bao en cerro de Huánuco, Perú, 1967.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

Antiguo radio de onda corta de la familia
Imágenes 6 y 7. Antiguo radio de onda corta de la familia.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

 

Politización y movilización estudiantil

El creciente desencanto frente al gobierno de Belaúnde Terry y la alianza sin principios del Partido Aprista con la Unión Nacional Odriísta en las cámaras de senadores y diputados incidía en el estado de ánimo y las preferencias estudiantiles, en aras de renovar a los cuadros dirigentes de sus centros federados y de su Federación. En ese proceso se suscitó la derrota apro-odríista en las elecciones de la Federación de Estudiantes de la Hermilio Valdizán. Fue posible gracias a una inédita coalición de corrientes políticas, algunas independientes, otras adscritas a organizaciones de izquierda o de filiación democristiana, hegemonizadas por el FER.

En la nueva dirigencia de la Federación de Estudiantes, nuestra generación estuvo representada por Pedro Lovatón Sarco, del área de Literatura y Julio Soto, de Filosofía, entre otros. Pedrito poseía un repertorio cultural enriquecido durante su estancia en Lima. Ahí había abrevado nuevas ideas y gustos literarios, gracias a sus frecuentes concurrencias a las tertulias de la bohemia intelectual del bar Palermo, en el centro de dicha ciudad.

Mis pares de estudio y edad y yo mismo, nos sentíamos y sabíamos parte de la generación que, con propiedad y fundamento histórico-cultural, llamamos del 68. Con diverso grado de intensidad e involucramiento, sus acontecimientos, casi simultáneos, con implicaciones diversas, moldearon nuestra emergente cultura juvenil universitaria y, por ende, nuestras vidas.

Nos cimbraron las jornadas de lucha de los estudiantes universitarios en la ciudad de Huánuco en defensa del parque automotriz, que le correspondía legalmente a su Universidad. Les asistía el derecho de embargo de vehículos de su otrora matriz huancaína, de la cual institucionalmente se había desprendido y diferenciado, pero que fue denegado por el juez de turno. En medio de esa turbulencia juvenil que nos llevó a las calles, a tomar el claustro universitario y los puentes de acceso o salida de la ciudad, despertó en nosotros la ilusión del poder en un campamento estudiantil asentado en el puente de Huancachupa y sus pedregosos alrededores, con muy contadas y aisladas viviendas campesinas. En el curso de esas lides estudiantiles, creció la convergencia de corrientes y voluntades, más allá de toda bandería política. Recuerdo, en un mitin en la Plaza de Armas, a Julio Soto, orador fogoso, pero de voz grave, desafiando a un contingente policial ubicado en una esquina, gritándoles una lapidaria frase tomada de Manuel González Prada, que nunca había leído y nunca encontré: “esos perros de instinto maleado que dejaron a su amo para seguir a un extraño”. Curiosa presencia retórica decimonónica en el discurso de un dirigente estudiantil sesentaiochero, quizás comprensible por el halo juvenilista y parricida de los incendiarios textos del pensador libertario. La suerte estaba echada, la decisión del juez y del prefecto era reprimir a toda costa al movimiento universitario. A los actos represivos de la policía le vinieron los replicantes de la resistencia juvenil, hasta que fue desarticulada por la disuasiva suspensión de las garantías constitucionales, el uso combinado de bombas lacrimógenas y varazos, las detenciones de algunos dirigentes y la intervención del ejército.

Fue esta sensibilidad la que atrajo a quienes constituimos el círculo literario Javier Heraud de Huánuco, cuyo principal propósito era compartir y comentar textos literarios latinoamericanos, leer los propios, para luego brindarnos sugerencias. Solíamos reunirnos un día a la semana, en agradable tertulia, en la cafetería de Medrano, entre ellos Edmundo Panay y Raúl Vergara Rubín. Hicimos un puente con Samuel Cardich, joven y prometedor poeta, pero que sus tiempos de labor lo descentraban de la agenda del círculo. Invitamos a algunos profesores, entre ellos Manuel Velásquez Rojas, connotado fabulista piurano; Luis Millones Santa Gadea, compañero de estudios y amigo de Javier Heraud; a Veder Retis, Andrés Cloud, y algunos otros.

 

La Universidad

Es importante evocar el momento de más alta trascendencia académica y cultural promovido por la universidad. Nos referimos a la exitosa realización del Segundo Simposio Internacional de Arte Rupestre, realizado del 21 al 26 de agosto de 1967, coordinado por Javier Pulgar Vidal, quien fuera el primer rector de la universidad, Eloy Linares Málaga, de la Universidad de Arequipa, y Kazuo Terada, de la Universidad de Tokio, y presidido por el profesor e historiador Edmundo Guillén Guillén.

Dicho evento, cuyos ejes temáticos principales eran la distribución regional del arte rupestre y sus relaciones con la historia, la arqueología y el folclor de las localidades donde se ubican, congregó a unos 500 especialistas de América y Europa, entre ellos, figuras intelectuales de gran renombre, como el catalán Pedro Bosch Gimpera, de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien impartió una conferencia acerca del proceso de poblamiento y desarrollo lítico, de la horticultura en las Américas, así como de las huellas dejadas en la pintura rupestre de esos tiempos; el colombiano Gerardo Reichel-Dolmatoff, sobre los tucano y sus deidades y rituales, en particular la del jaguar amazónico; Linares Málaga documentó las figuras de arte rupestre del departamento de Arequipa; Hans Niemeyer hizo lo propio con las del departamento de Ovalle, Chile. Participó, además, el etnohistoriador John Murra, quien acababa de publicar ese mismo año, bajo el sello de la universidad, el monumental informe colonial intitulado: Visita de la provincia de León de Huánuco en 1562. Destacó la exposición de réplicas de mucha calidad de figuras rupestres insertas en cerámicas monocromáticas y policromáticas del ceramista y escultor italiano Marino Spadavecchia, egresado de la Escuela de Bellas Artes de Lima, así como la inauguración del Museo de Arte Rupestre Doctor Javier Pulgar Vidal.

 

Cierre de evocaciones

El ejercicio de evocar, a medio siglo de distancia, tiene en cierto sentido riesgos de distorsión, parcialidad y olvido, más allá de nuestra voluntad de recuperar el pasado. Este escrito, más allá de la singularidad de mi testimonio –por haber pertenecido temporalmente a la Universidad Nacional Hermilio Valdizán de Huánuco–, ha ido mostrando huellas y trazos propios de una biografía colectiva, generacional. Sin embargo, merece ser valorado por los destellos que iluminan esos años vividos dentro y fuera del claustro universitario. Muestran los claroscuros de la ciudad de Huánuco y los entusiasmos vanguardistas de nuestra generación que animaron el movimiento estudiantil y su emergente vida intelectual. En mi escritura y en mi vida soy uno y muchos. Serán las miradas de mis pares de edad y estudio que redondeen o maticen el cuadro de época.

Expresaré algo más. Aproximándome al medio siglo pasado, era un estudiante limeño inserto en una comunidad universitaria con mínima o ninguna vinculación con mis coterráneos, escasos, aislados, dispersos en la ciudad de los Caballeros de León. Reflexionando sobre mis evocaciones, no me cabe la menor duda que los limeños nos sentíamos más cómodos en las redes de nuestros pares huanuqueños y/o de otros contingentes regionales migrantes. Entre los estudiantes destacaba la minoría regional amazónica. Era visible la unidad y afinidad existente entre pucallpinos, tingaleses, y los contados loretanos, reforzadas por sus espacios de residencia, en sus dos “colonias” de hospedaje citadino. Mis redes amicales, literarias y políticas de ese tiempo, habían tejido una urdimbre de figura rizomática con mis pares huanuqueños, amazónicos y andinos, sin borrar sus respectivas autonomías y preferencias.

 

Notas:

[1] [N. E.]: Publicado en Nieves Fabián, M. y Rondón Bardón, R. (2018). 50 años después. Universidad “Hermilio Valdizán”. Promoción Bodas de Oro, 1968-2018. Huánuco: Editorial Amaranto (11-18).

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