Pacarina del Sur
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur

Hugo E. Biagini

 

A la memoria de las Universidades Populares Reformistas (Lastarria, González Prada, Martí…)

 

Universidad Popular y Extensión Universitaria

De manera previa o simultánea al surgimiento de las universidades populares stricto sensu, nos encontramos con un ámbito informal análogo desde el cual se cuestionaba al orden imperante, como aquel que simbolizaba el espacio de los cafés en tanto moradas bohemias. Un espacio que –junto a la plaza pública, los periódicos, las piezas y comedores estudiantiles, las fábricas o las escuelas libertarias– constituyó una suerte de microcosmos, miniparlamento, guetto de artistas o casa de quienes no tienen casa.

En cuanto a las universidades populares como tales o como correlatos concomitantes al principio sobre extensión universitaria, ellas suelen ser datadas hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX en el doble sentido de su emergencia y caracterización: bajo el ámbito de lo para-institucional pero apuntando ya hacia un dominio más amplio, ya como la preparación del ciudadano ya, más puntualmente, hacia la formación crítica del proletariado y su conciencia de clase. Pese a lo cual el estudio de esas implementaciones no ha venido contado con tanto aliento como otras modalidades o indicadores de plataformas innovadoras.

Intentaremos un recorrido temporal conjunto alusivo a ambas variaciones, ateniéndonos a una selección de la casuística correspondiente a España y América Latina desde sus propios inicios. Se seguirá como fuente primordial de inspiración para este primer apartado el trabajo pionero de nuestro homenajeado, Ricardo Melgar Bao (1999).

 

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Previamente, el caso español puede ser tomado aquí como uno de los grandes adelantados en la materia. En vísperas del Novecientos, la Universidad de Oviedo constituía un pequeño oasis de vanguardia dentro del panorama académico nacional, reacio a las innovaciones y al libre pensamiento. Dotada de un selecto cuerpo docente, aquella casa de estudios inaugura por ese entonces dos fecundas modalidades: la extensión universitaria –basada en la pedagogía institucionista del krausismo– y la política americanista, propiciando una doble apertura: hacia el cuerpo social y hacia el acercamiento con el Nuevo Mundo, del cual recibiría relevantes ayudas materiales y soportes institucionales (Canella, 1985, págs. XVI, 218, 254-255, 259-261, 267).

En ese sentido, un apartado especial corresponde establecer aquí para la universidad platense –la Salamanca del Nuevo Mundo como la calificara Blasco Ibáñez– por las intensas aproximaciones a la vida cultural española que le imprimió su presidente, Joaquín V. González. En sus tempranos cursos de extensión universitaria, realizados entre 1907 y 1908, se invocaba allí la labor precursora de Oviedo en esa misma actividad de extramuros.[1]

Uno de los principales catedráticos ovetenses, Rafael Altamira, participaría durante su visita a la Universidad Obrera creada por estudiantes platenses, entre los cuales obtendría un fuerte predicamento como le sucedería con todo el alumnado en sus variados viajes y encuentros continentales; ese mismo sector estudiantil desde el cual se vertebraría primordialmente la orientación reformista de la universidad latinoamericana.

Otro visitante ovetense a La Plata, Adolfo Posada, sostendría poco tiempo después que en materia educativa el problema universitario constituye el menos difícil de solucionar y plantea como variables de cambio una renovación docente a fondo imbuida del compromiso social, la propagación cultural basada en la extensión universitaria y el otorgamiento de pensiones en el extranjero para vincularse con los centros científicos donde se “produce la luz, de que tan necesitados estamos” (Posada, 1904, pág. 128).[2]

 

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En cuanto a las universidades populares propiamente dichas en nuestra América, el propio Melgar recupera la experiencia mexicana propulsada por el Ateneo de la Juventud a fines de 1912 y la importancia de quienes revistieron allí como el nicaragüense Pedro Henríquez Ureña, uno de sus fundadores. Otro pionero de esa casa de estudios, Alfonso Reyes, señalaría la función de la nueva entidad: “Si el pueblo no puede ir a la escuela, la escuela debe ir al Pueblo. Esto es la Universidad Popular […] que ha abierto sus puertas y derramado por las calles a sus profesores para que vayan a buscar al pueblo en sus talleres y en sus centros de agrupación” (Melgar Bao, 1999, pág. 47). Como en otros casos similares, esa universidad mexicana que se prolonga hasta 1921 se expresó a través de conferencias públicas, un boletín ad hoc y ensayos docentes, siendo destacable la labor de una figura como la de Vicente Lombardo Toledano al frente de esa universidad y su acercamiento al proletariado.[3]

Vicente Lombardo Toledano, Ciudad de México, 1920
Imagen 1. Vicente Lombardo Toledano, Ciudad de México, 1920.
Fuente: Fototeca, Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Derecho de uso: CC BY-NC-ND 4.0

Otro caso menos difundido, rescatado por nuestro homenajeado, Ricardo Melgar, es el de la Universidad Popular de Puerto Rico que, al igual que la precedentemente citada, asumirá como misión civilizadora, la de encaminarse hacia el pueblo. Fundada por el socialista argentino Julio Barcos, mantuvo una tónica revolucionaria y “abierta a las corrientes filosóficas del pensamiento moderno”, para volcarse hacia el antiimperialismo, el hispanismo y el feminismo (Melgar Bao, 1999, pág. 50).

Como una variante oficialmente combatida nuestro mismo autor hace hincapié en la Universidad Popular Victorino Lastarria de Chile: auspiciada por la vanguardista Federación de Estudiantes de esa nación en 1918, contó entre sus planteles al educador ecuatoriano Emilio Uzcátegui, resultando sus conductores objeto de una severa persecución y expatriación.

Evoquemos aquí la silueta del uruguayo Carlos Quijano, director de la revista Ariel y presidente del Centro de Estudiantes oriental. Quijano, futuro director del enjundioso semanario Marcha, imbuido por aquel entonces de un fuerte fideísmo, alentaba a sus compañeros presentándolos como la nueva generación que debía acometer una gran cruzada: nada menos que hacer en estas tierras americanas “el milagro de redención de la humanidad”. Se trataba de afanes reconstructivos que, respondiendo a la agitación juvenil continental, pretendían democratizar la universidad y la sociedad sin concesiones ni conciliaciones individualistas. Así como la universidad popular, conducida por el estudiantado, se encaminaba a la emancipación integral del proletariado, el fin supremo apuntaba hacia una dirección análoga: “Hablamos, escribimos para los desheredados y los ignorantes”.[4]

 

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Perú se encuentra también entre los países sudamericanos de mayor relevancia en la instrumentación de universidades populares, teniendo allí a un forjador como Haya de la Torre que, desde temprano proyectó y gestó una empresa de ese tenor, teniendo en vista el modelo combativo de la universidad popular francesa. Durante el I Congreso Nacional de Estudiantes celebrado en Cuzco hacia marzo de 1920, De la Torre presenta una ponencia alusiva aprobada por la Federación Universitaria del Perú y un año más tarde se inaugura la primera UP en Lima y Vitarte, bajo el rectorado de Haya y la invocación a González Prada como su identificador nominal, bajo magisterios como el de Mariátegui y una tónica curricular antistémica que no desestimaba la enseñanza de la higiene laboral o la defensa del indígena esclavizado (Gamarra Romero, 1987, pág. 170ss. y 201ss).

            Otro dirigente universitario peruano de la época, Enrique Cornejo Kostner, no vaciló en calificar al propio movimiento estudiantil como lo más original y valioso que tuvo la juventud peruana, sustentado con el aporte proletario de los trabajadores junto a la contribución de la Universidad de San Marcos y el Centro de Estudiantes de Medicina, con una dirección colegiada a cargo de una junta de docentes y alumnos-obreros más un núcleo propio preceptivo de cultura popular y de justicia social. Entre otras actividades paralelas se llevaban a cabo diversas festividades, salidas multitudinarias a la naturaleza y clases ecológicas: “Si era una excursión nocturna, un profesor disertaba sobre astronomía, teniendo como material de enseñanza a las estrellas o la luna” (Cornejo Koster, 1927, pág. 111). Todos esos innovadores afanes didácticos fueron desplegados pese a un sinfín de persecuciones, encarcelamientos y deportaciones.

Desde México, para febrero de 1928, Haya de la Torre, habiendo presidido en Cuba la apertura de la nueva Universidad Popular José Martí, repudiaría el ataque a los dirigentes estudiantiles peruanos de la Universidad Popular González Prada, mientras denuncia la entrega de su país al capitalismo yanqui que se presentaba no obstante como “civilizador y dueño del mundo por derecho divino”. En esa ocasión, Haya diferencia a su vez a la nueva juventud revolucionaria americana de otra precedente a la cual tilda de intelectualista (Haya de la Torre, 1968, pág. 42).

Haya de la Torre, retrato de Gabriel Fernández Ledesma, 1927
Imagen 2. Haya de la Torre, retrato de Gabriel Fernández Ledesma, 1927. https://museoblaisten.com/

 

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Retomando la sucesión cronológica nos detenemos en una coyuntura puntual del mismo período: la Universidad Popular de Guatemala. Epaminondas Quintana, perteneciente a la llamada Generación Centroamericana de 1920, fue un activo protagonista y documentador de esa nueva universidad, concebida el 20 de agosto de 1922. Quintana evocaba el predicamento que ejerció José Vasconcelos desde México, mientras trae a colación los principales objetivos que guiaron al emprendimiento: divulgación científica, formación del alma nacional y alfabetización de las masas –instrumentada al cabo de pocos años (Quintana, 1971, págs. 549-603).

Asimismo, el propio Melgar, al cierre de su trabajo, también nos recuerda el importante papel que tuvo un gran guatemalteco, Miguel Ángel Asturias en la gestación de la Universidad Popular en su propia patria, donde acompañó a aquella como exponente del “nuevo Evangelio” (sic), como una gran esperanza y representación utópica, en clave de autoctonía política y carga moral, para producir una nueva Guatemala (Melgar Bao, 1999, págs. 54-55).

Más allá de tan nobles propósitos y realizaciones, según nos ha planteado el autor homenajeado, las universidades populares completarían su “ciclo primaveral” hacia 1925, debido mucho más a la fuerte represión gubernativa que por motivos propiamente internos (ibid., pág. 55).

 

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El fin de esa etapa dorada no implicó un corte absoluto para la universidad popular, pues, más temprano que tarde, no dejarían de insinuarse otras iniciativas similares para la educación de las masas, más allá de su mayor o menor carga ideológica o técnica. Varios ejemplos específicos han sido traídos a colación en las diversas recopilaciones delmazianas.

Por una parte, en los mismos años veinte emergen dos situaciones singulares: la Universidad Popular de El Salvador Dr. Salvador R. Merlos y la Universidad Popular de Costa Rica, fundada el 15 de setiembre de 1926, entre otros, por Joaquín García Monge, ese gran director del Repertorio Americano.[5] Por otro lado, tras el golpe de Estado en el Uruguay de los años treinta, se vuelve a incentivar allí la causa de las universidades populares (Del Mazo, 1941, pág. 407ss).

Dos números de Repertorio Americano 1931 núm. 532 y 1934 núm. 690
Imagen 3. Dos números de Repertorio Americano 1931 núm. 532 y 1934 núm. 690,
fotos de investigación de archivo de Ricardo Melgar.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

Si nos circunscribimos al postulado reformista de la exclaustración y la extensión universitaria –con la educación popular como un recurso paralelo o complementario–, ellos estarían no solo lejos de constituir una forma encubierta de penetración ideológica en la comunidad –según objetaba el elitismo clerical– sino también una mera actitud asistencialista, como lo reducía simplistamente el sectarismo de izquierdas.

Contrario sensu, la prestación de servicios a la sociedad se estima –junto a la enseñanza y la investigación– como una de las principales finalidades educativas propiciadas por un organismo rector en la materia: la Unión de Universidades de América Latina (UDUAL).

 

La pata hispana

Los lazos entre el reformismo nuestroamericano y sus correlatos peninsulares simbolizan otro relevante buceo emprendido por Ricardo Melgar, desde su propio mirador analítico que fue y debería seguir siendo -como un bien personal propio suyo y colectivo a la vez- la revista ilustrada Pacarina del Sur. Estamos aludiendo, como adujo el mismo autor al conjunto de redes, viajes, diálogos e intercambios de experiencias y acciones solidarias entre los jóvenes universitarios latinoamericanos y sus pares de España, durante el interregno previo al advenimiento de la República en ese último territorio (Melgar Bao, 2015).

Según acotó nuestro autor, paralelamente a la Primera Guerra Mundial fueron aflorando distintas entidades estudiantiles internacionales como la Federación de Estudiantes Pro Liga de las Naciones y la Juvenil Comunista. De una manera concomitante, coincidieron con los nuevos exponentes juveniles progresistas o no ajenos al socialismo dentro y fuera de la península ibérica: Cristóbal de Castro, que dirigió la Juventud Hispanoamericana, Miguel de Unamuno, Manuel Ugarte, Alberto Ghiraldo y Alfredo Palacios, quienes, más allá de sus diferencias, apoyarían el movimiento reformista sudamericano como habrían también de hacerlo distintas organizaciones femeninas españolas que coincidían con las actividades patrocinadas por la Juventud Universitaria Femenina o la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, a quienes se sumarían estudiantes americanos instalados en diversas ciudades europeas.

Más en especial, junto a otras cuestiones como el accionar universitario frente a la dictadura de Primo de Rivera, Melgar se detiene en varios liderazgos que se orientaron a desarrollar un corredor estudiantil común, como fueron el caso de los españoles Antonio María Sbert y Wenceslao Roces Suárez, del mexicano Luis Enrique Erro Soler y el argentino Luis Di Filippo.

Erro participó como delegado de la Federación de Estudiantes de España en el trascendental Congreso internacional estudiantil que tuvo lugar en México hacia 1921; Sbert encabezó la gestación de la Federación Universitaria Española para ese mismo año y llegaría a presidir la representación de su país en el Primer Congreso Iberoamericano de Estudiantes -que declaró a Unamuno Maestro de la Juventud iberoamericana junto a Vasconcelos, Varona, Palacios, Ingenieros y Martí-, efectuado también en México en 1931, donde sería designado presidente de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos; Di Filippo, un reformista radicalizado, mantuvo contactos personales con las organizaciones anarquistas hispanas, mientras que Wenceslao Roces colaboró estrechamente con la revista El Estudiante de Salamanca, la cual tomó distancia del intelectualismo elitista y del estereotípico catedrático-canónigo.[6]

Con esa última contribución citada de nuestro homenajeado, Ricardo Melgar ha venido afianzándose el parecer sobre la repercusión o incidencia de la Reforma Universitaria en España, lo cual había sido esbozado en ostensibles trabajos precedentes como los que han aparecido en las diferentes ediciones de Gabriel del Mazo, -ya desde 1927, la primera de todas, más explicitado en la de 1941 y reforzado en la siguiente y última hacia 1968- junto a otros trabajos posteriores de similar tenor, por lo cual se tornaba imperativo que no se siguiera restringiendo dicha gravitación únicamente a nuestra América sino que resultase también extendida a otros ámbitos complementarios como el aquí previsto.

 

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Estuvimos girando aquí, fundamentalmente, en torno a una generación que llegó a autoenrolarse como la de 1920: aquella que creyó que la universidad no se restringía a “patentar doctores”, sin apostar por la justicia ni la igualdad comunitaria, sino, contrario sensu, a impulsar una auténtica palingenesia universal -según se transparentaba en uno de los tantos manifiestos estudiantiles epocales (Del Mazo, 1928, págs. 138-140).

Estamos hablando así de dos actitudes existenciales básicas -una pragmática y la otra idealista, siendo esta última mucho más próxima a la que sustentaría epistolarmente nuestro homenajeado cuando, en nombre de la dignidad universitaria, se expidió en forma lapidaria contra las candidaturas a figuras académicamente espurias, más cercanas al horroris o al hilaris causa… que a un bien genuino reconocimiento:

 

Voto en contra. Desde que era estudiante universitario y me hice dirigente estudiantil allá por los años 1965 a 1968, respeté el principio de que la Universidad fuese un espacio plural de expresión de corrientes de ideas, el cual nos permitiese debatir y tomar posiciones. Lo que nunca acepté es que figuras sin honor y sin verdad, vinculados a actos genocidas, crímenes de estado o violaciones a la soberanía nacional pisasen el claustro universitario, o peor aún, recibiesen inmerecidas distinciones académicas, las cuales deberían otorgarse a figuras reconocidas por sus obras intelectuales. Me da vergüenza y enojo, más ira fundada que débil vergüenza que Aznar siga ensuciando los claustros universitarios de Nuestra América con la complicidad ideológica de las derechas más recalcitrantes, obteniendo el honoris causa: Universidad Andrés Bello de Chile (2006), Universidad Francisco Marroquín de Guatemala (2006), Universidad San Ignacio de Loyola de Perú (2009), y 2016, ahora mismo en México, por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Es profesor Honorario de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Perú (2006) y de otras universidades venidas moralmente a menos. ¿Dónde está el parecer de mis colegas, de sus academias, de los estudiantes universitarios?​[7]

Hugo Biagini y Ricardo Melgar, Buenos Aires, 2013
Imagen 4. Hugo Biagini y Ricardo Melgar, Buenos Aires, 2013
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc

Hugo Biagini, Ricardo Melgar, Hilda Tísoc y Ofelia Jany, Buenos Aires, 2013
Imagen 5. Hugo Biagini, Ricardo Melgar, Hilda Tísoc y Ofelia Jany, Buenos Aires, 2013
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc

 

Notas:

[1] Cfr. Extensión Universitaria (La Plata, Universidad Nacional, 1909) págs. 355-372.

[2] Con relación al vínculo entre España y la Universidad de La Plata, H. E. Biagini. Historia ideológica y poder social (B. Aires, Cedal, 1992), tomo 3, cap. 20 y sobre la casa de estudios en sí su compilación La Universidad de La Plata y el movimiento estudiantil (UNLP, 1999).

[3] Cfr. el trabajo de Morelos Torres Aguilar (2009) que, pese a pasar olímpicamente por alto la aportación comentada de Ricardo Melgar, introduce algunos elementos adicionales de juicio, donde intenta presentar a las universidades populares españolas como logrando gravitantes ascendientes en el nucleamiento de México.

[4] Quijano, C. Ariel, núm. 4-5, 1919, pág. 158; “Nuestra indecisión”, ibíd., núm. 13/14, 1920, pág. 5.

[5] Cfr. Moisés Castro y Jorge del Valle Matheu. “El movimiento reformista en las universidades nacionales y populares de Centro América”, en G. del Mazo, La Reforma Universitaria (vol. VII, págs. 329-331).

[6] Al haber tenido el propio homenajeado la deferencia de dedicarme ese último trabajo suyo comentado, voy a permitirme citar brevemente a mis propias incursiones temáticas, en las cuales he destacado -frente a la hispanofobia decimonónica junto al discurso ariélico y al advenimiento del movimiento universitario (reformista)- los intercambios académicos, culturales y científicos, los congresos iberoamericanos de los años treinta, o las implementaciones y secuelas institucionistas: H. E, Biagini. “La Reforma Universitaria entre España y la Argentina (1900-1930)”. Desmemoria (9), 1996, págs. 20-42; “La Reforma Universitaria entre España y América latina”. Studi Ispanici (2001), págs. 151-176 y “La otra España con Nuestra América”, en H. E. Biagini. La Reforma Universitaria y nuestra América, Buenos Aires: Octubre, 2018, págs. 213-250.

[7] De un correo electrónico enviado urbi et orbi por Ricardo Melgar hacia agosto de 2016.

 

Referencias bibliográficas:

  • Canella, F. (1985). Historia de la Universidad de Oviedo. Universidad de Oviedo.
  • Castro, M. y Del Valle Matheu, J. (1927). El movimiento reformista en las universidades nacionales y populares de Centro América. En G. Del Mazo, La Reforma Universitaria, vol. VII. Federación Universitaria de Estudiantes.
  • Cornejo Koster, E. (1927). Crónica del movimiento estudiantil peruano (1919-1926). En G. Del Mazo, La Reforma Universitaria, vol. VI. Federación Universitaria de Estudiantes.
  • Del Mazo, G. (1928). La Reforma Universitaria, vol. I. Centro de Estudiantes de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
  • _____ (1941). La Reforma Universitaria, vol. II. Universidad Nacional de La Plata.
  • Gamarra Romero, J. M. (1987). La Reforma Universitaria. El movimiento estudiantil de los años veinte en el Perú. Lima: Okura.
  • Haya de la Torre, V. R. (1968). Las Universidades Populares de la Reforma. En G. Del Mazo, La Reforma Universitaria, vol. 2. Universidad Nacional de San Marcos.
  • Melgar Bao, R. (1999). Las Universidades Populares en América Latina 1910-1925. Estudios: Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba(11-12), 41-57.
  • _____ (2015). Legado y espejo de la Reforma universitaria latinoamericana en España: 1919-1926. Pacarina del Sur [en línea], 6(25). Obtenido de http://pacarinadelsur.com/dossiers/56-dossiers/dossier-17/1206-legado-y-espejo-de-la-reforma-universitaria-latinoamericana-en-espana-1919-1926
  • Posada, A. (1904). Política y enseñanza. Daniel Jorro.
  • Quintana, E. (1971). La generación de 1920. Tipografía Nacional.
  • Torres Aguilar, M. (2009). Extensión universitaria y universidades populares: el modelo de educación libre en la Universidad Popular mexicana (1912-1920). Revista Historia de la Educación Latinoamericana, 12, 196-219.
  • Universidad Nacional de La Plata. (1909). Extensión universitaria, conferencias de 1907 y 1908. Talleres gráficos, Christmann y Crespo.

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