Pacarina del Sur
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur

Daniel Omar de Lucia

 

El gran relato de la emancipación humana

La estética será la ética del futuro
Lenin.

 

Pertenezco a una generación que descreía de los homenajes. Los jóvenes argentinos que nos iniciamos en la vida política y la militancia en el temprano deshielo de la dictadura de 1976-1983 descreíamos de los homenajes hipócritas que la “democracia recuperada” acostumbraba hacer a la memoria de los militantes, víctimas del terrorismo de estado. “Homenajes” que eran llevados adelante por los inspiradores y responsables de una política que, poco a poco, le iba garantizando la impunidad a los genocidas; por los mismos pseudodemócratas que, apoyados por una falange de intelectuales conspicuos, decían que los luchadores caídos en la década del 70 eran “terroristas” o “delirantes desfasados”. Con el tiempo me convencí que existen homenajes que vale la pena hacer, si son sinceros y no se quedan en el mero homenaje; si buscan rescatar la acción, la obra o el ejemplo de alguien cuyo legado puede ofrecer elementos para las luchas y debates que están por venir. En dicho sentido es que propongo que sea leído este artículo sobre la obra y el pensamiento de mi amigo y colega Ricardo Melgar Bao. Como un “anti homenaje”, que no se confunda con un acto ritual y simpático del cual el propio interesado ya no puede enterarse. Sino como el rescate de ciertos aspectos de su pensamiento y su obra, terreno en el que alguna vez tuvimos algunos diferendos de tono confrontativo. A la hora de rescatar la obra de un hombre con el que compartía las líneas más generales de su forma leer la realidad, elijo detenerme en algunas tensiones y diferendos que mantuvimos sobre algunos temas puntuales.

Ricardo Melgar Bao y Daniel Omar de Lucia, Buenos Aires, 13 de septiembre de 2009
Imagen 1. Ricardo Melgar Bao y Daniel Omar de Lucia, Buenos Aires, 13 de septiembre de 2009.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

 

Un opus mirado a contra luz

Yo creo que la historia te gusta. Como me gustaba a mí cuando tenía tu edad, porque se refiere a los hombres vivos, y todo lo que se refiere a los hombres, a cuantos más hombres sea posible, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre ellos en sociedad y trabajan y luchan y se mejoran a sí mismos, no puede no gustarte más que cualquier otra cosa.
Carta de Antonio Gramsci a su hijo Delio (s/f).

 

El periplo vital de Ricardo fue contemporáneo a una serie de importantes giros y puntos de inflexión en la historia del proyecto socialista y el campo intelectual de las izquierdas. No viene al caso intentar una síntesis en estas páginas del cúmulo de debates y polémicas al respecto. Sí resaltar que muchos de los debates que afectaron las transformaciones del socialismo como programa y a la teoría marxista, giraron alrededor de la identidad del sujeto revolucionario, su delimitación y sus proyecciones. Apuntando a dicho campo temático quisiéramos llamar la atención sobre un momento temporal especial que alumbró una serie de ideas y praxis concretas que hasta el día de hoy conservan una vigencia difícil de exagerar en los debates del campo de la izquierda socialista. Me refiero al momento del 68 como la última crisis seria de consenso a nivel planetario que el sistema capitalista experimentó. Cuando la palabra revolución cobró un sentido creíble y concreto para muchos hombres y mujeres que se agitaban en los países del capitalismo desarrollado, contra los regímenes burocráticos del mal llamado “socialismo real” y en las periferias coloniales y semicoloniales en estado de insurrección. En aquel mundo que entraba en “estado de Asamblea” el relato emancipatorio socialista marxista también debió enfrentarse a su imagen reflejada en el espejo y asumir algunas de sus luces y sus sombras. A la distancia de medio siglo uno de los elementos que destacan del momento del 68 fue su cuestionamiento, en la teoría y en la praxis, del paradigma clasista en sus formulaciones menos fecundas y más reduccionistas. El protagonismo o la incidencia de sujetos no clasistas en distintos procesos de la época (estudiantes, jóvenes, mujeres, minorías sexuales, etc.) marcó el momento de la incorporación definitiva en la agenda de las izquierdas radicales de la necesidad de impugnar las tensiones y asimetrías del sistema en todos los niveles de la vida social. Problemas como la desigualdad de género, la discriminación de las minorías (raciales, sexuales y sociales) y la situación de los migrantes en el mundo del trabajo; la crítica de los órdenes carcelario y psiquiátrico, del autoritarismo familiar y las formas de dominación incorporadas a la disciplina fabril; los problemas del medio ambiente y la lucha por el control del espacio urbano y el rol de los intelectuales en los procesos de la vida social; pasaron a ser incorporados como elementos de pleno derecho en el espacio del socialismo antisistema. El descentramiento del modelo clasista más ortodoxo llevó de manera natural a poner en tela de juicio los modelos de organización partidaria de la izquierda. En particular, el modelo del partido leninista fue objeto de una serie de cuestionamientos como parte de un debate que al día de hoy no ha sido saldado.

Mucho camino se ha recorrido desde entonces. La historia de los movimientos que luchan contra las distintas formas de explotación y opresión que se producen en la sociedad ha conocido puntos de inflexión, cambios de contextos y las más variadas reapropiaciones, que no dejan de renovarse. Mirándolo desde el prisma de la conflictividad social podemos subdividir el último medio siglo en dos grandes etapas: antes y después de la caída de los regímenes burocráticos a fines de la década de 1980 y la consolidación del mundo unipolar que fue presentado como el “fin de la historia”. Podemos dividir a su vez a la etapa que comenzó con la caída del mundo en un ventenio de optimismo globalizador con expresiones vigorosas pero puntuales de impugnación del sistema y en el decenio largo, iniciado en la crisis económica de 2008, con la caída de hegemonías políticas de larga datas y movimientos de protesta de mayor masividad y continuidad, tanto en los países centrales como en las periferias del mundo.

En ese marco histórico Ricardo Melgar, que aunaba la condición de militante político con la de intelectual crítico del sistema, desarrollo su obra. Ricardo escribió sobre temas incorporados, desde siempre y con pleno derecho, a la cultura intelectual de izquierda más clásica como la historia del movimiento obrero latinoamericano y la historia de la internacional comunista en América Latina; pero con los años fue ampliando su perspectiva hacia un abanico mucho más rico y variado de campos temáticos. Su opus completo incluyó trabajos sobre movimientos y luchas campesinas; afrodescendientes y sus expresiones culturales e identitarias a lo largo del continente; el indigenismo, en particular en el medio andino, así como el milenarismo y la identidad campesina; el rol de los mitos y las memorias largas de las comunidades; las luchas localizadas por el medio ambiente, el espacio físico y los recursos naturales; las redes intelectuales y políticas (vanguardias, exiliados, grupos alternativos);  la construcción del otro en los procesos políticos y sociales; el rol de la transgresión y la sátira iconoclasta en la lucha social, por solo enumerar algunos de los tópicos principales en los que Ricardo abrevó. No estaría completa esta reseña del opus melgariano si no destacáramos su interés, siempre retomado, por la obra del “Amauta” José Carlos Mariátegui, figura liminar en la lucha porque el socialismo aprendiera a hablar la lengua de las masas iberoamericanas y para que las clases subalternas del subcontinente se reconocieran a sí mismas y se dieran a conocer ante el resto de la humanidad. Desde esta perspectiva, la obra de Ricardo formó parte del esfuerzo que buscaba repensar la tesis marxiana sobre la determinación de la conciencia por el ser social, superando los esquemas que reducían este proceso solo a las relaciones de producción. Ricardo, en su rol de militante y analista comprometido, además de impulsor de una publicación como Pacarina del Sur, buscó seguir siempre el pulso de los distintos movimientos sociales y conflictos que surgían, y también los que se reinventaban. Ricardo veía con bastante optimismo los procesos sociales que nacieron en los años recientes y el auge de nuevos movimientos sociales reacios a encuadrarse en estructuras preexistentes, tendientes a multiplicar las formas de lucha y a mostrar rostros cada vez más plurales y variopintos. Para Ricardo lo importante era que, en este mundo golpeado por reconversiones brutales, guerras, limpiezas étnicas y pandemias, las masas salieran de su pasividad, aunque tuvieran más certeza de aquellas cosas que querían resistir o derrumbar que de lo que se quería construir en su lugar. Por ese camino hacía extensivo su optimismo a algunos aspectos de estos procesos, con los cuales quien escribe estas líneas no puede sentirse tan identificado. Personalmente, opinamos que los rasgos de inorganicidad de las actuales movilizaciones, su falta de definiciones programáticas precisas y su resistencia a reconocerse en identidades de cierta continuidad no le quita ni un ápice de legitimidad, pero tampoco constituyen una virtud. A la hora de pensar un punto de fuga entre las formas en que Ricardo interpretaba y evaluaba los nuevos movimientos y luchas y como yo las evalúo, propongo la siguiente interrogante: la autonomía, la versatilidad y la creciente diversidad de sujetos e identidades ¿debieran pensarse, principalmente, como un punto de llegada o como un punto de partida?

Personalmente, creo que la perspectiva más fecunda es pensar a la diversidad de movimientos en lucha como un punto de partida, o a la vez de llegada y partida. Como inscriptos en una perspectiva mayor, en la cual los logros y conquistas de sujetos particulares debían proyectarse en movimientos más unitarios. Me atrevería a afirmar, aun a riesgo de simplificar un poco las cosas, que Ricardo concebía la creciente afirmación de la pluralidad de sujetos y diversidad de identidades, fundamentalmente como un punto de llegada. Como parte de una cultura donde la diversidad y la autoorganización de los distintos espacios constituyeran el horizonte posible en términos históricos. Alrededor de esta forma distinta de pensar la pluralidad de movimientos y frentes en el seno de las clases subalternas ambos hacíamos evaluaciones diferentes, alrededor de dos campos temáticos y frentes de lucha en auge en los últimos años, los movimientos de minorías étnicas y la cuestión de género.

 

Etnia y clase

La esclavitud no nació del racismo; más bien podemos decir que el racismo fue la consecuencia de la esclavitud.
(Eric Williams, 2011, pág. 34).

 

Muchas veces he discutido e intercambiado opiniones con Ricardo sobre los movimientos de las minorías étnicas en América Latina. En particular las relaciones etnia/clase y la inserción de los mal llamados pueblos originarios, afroamericanos y afrodescendientes en las sociedades de nuestro subcontinente. Recuerdo como un punto de coincidencia un balance crítico de las consecuencias y aspectos colaterales de los movimientos indigenistas de las últimas décadas. Con base en su experiencia en Bolivia, donde fue testigo de la política indigenista de Evo Morales, Melgar señalaba tensiones y aspectos no resueltos de la agenda de ese gobierno cuyas líneas generales consideraba progresivas. El balance crítico que Ricardo hacía tomaba como eje el cuestionamiento que distintas etnias indígenas minoritarias (quechuas, uros y guaraní parlantes) planteaban frente al monopolio que el colectivo aimara venía buscando ejercer sobre la identidad indígena en las primeras etapas del proceso de transformaciones que se venían produciendo en el altiplano. Ricardo resaltaba el fenómeno de identidades encubiertas, en segundo y tercer grado, que emergían a la luz como “muñecas rusas” por obra y gracia de la invocación a la primacía de las identidades étnicas. Problemática que desde hace varias décadas ha conocido expresiones a lo largo del mundo. Pensamos en las extremas complejidades de la cuestión étnica y nacional que siguieron al surgimiento de la URSS y otros regímenes del llamado “socialismo real” o a los fenómenos de la etnicidad politizada, con ribetes genocidas, en el África postcolonial. Contextos que a veces han favorecido las estrategias de elites que pretenden representar un colectivo étnico para favorecer su propia acumulación de poder político o social. Elites étnicas con vocación de clase dominante que en muchos lados se han apoderado del aparato del estado como un botín de guerra.

La Paz, imagen tomada por Ricardo Melgar en estancia de investigación en Bolivia, 2005
Imagen 2. La Paz, imagen tomada por Ricardo Melgar en estancia de investigación en Bolivia, 2005.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

Ricardo y yo teníamos diferencias a la hora de evaluar un tema que a él le interesaba mucho, que era el desarrollo del movimiento mapuche del sur chileno y, con rasgos diferenciales, en el sur argentino. Claro que ambos coincidíamos en nuestro apoyo a la lucha histórica de los mapuches por los derechos de sus comunidades a las tierras que ocupan, a la protección de sus recursos, al reconocimiento de sus estructuras organizativas, el respeto a su lengua, sus creencias, su cultura y otras reivindicaciones identitarias. Coincidíamos también en la condena a la criminalización del movimiento indígena a ambos lados de la cordillera. A la demonización en tono macartista y el racismo encubierto contra la lucha de los indígenas que, en el caso argentino, tomó ribetes delirantes y farsescos durante el gobierno macrista. En cambio, disentíamos en la forma de evaluar algunas de las consignas más radicales del movimiento mapuche chileno, que en algunas formulaciones incluían el reclamo de la formación de un estado mapuche independiente. Si bien Ricardo no se identificaba plenamente con el independentismo mapuche más radical consideraba que era un planteo que no debía ser cuestionado. Para Ricardo, más allá de las posibilidades objetivas de ser llevado a la práctica, el reclamo por un estado mapuche podía ser una afirmación de la conciencia reivindicativa y política de las comunidades indígenas marginadas por el estado burgués/criollo (Huinca, como dirían los mapuches). ¿Cuál es mi posición al respecto? Está fuera de discusión que nadie puede, en nombre de una supuesta autoridad ‒que yo, por otra parte, no pretendo tener‒ prescribir lo que cualquier colectivo esté obligado a incorporar o desechar para que sus reivindicaciones sean consideradas legítimas. No escribo apelando a ninguna autoridad ni ortodoxia. Solamente me reservo el derecho a ejercer una crítica a aquellos que levantan posiciones diferentes, pero perteneciendo a un campo común, el de los explotados y oprimidos. Personalmente, creo que las tendencias etnicistas radicales y esencialistas han jugado un rol muy negativo en el pasado y presente de América Latina. Pienso en el caso de los misquitos de Nicaragua, del reaccionario Movimiento Garvey, que hoy algunos idealizan, o el secesionismo “cholo” del oriente de Bolivia. No creo incurrir en un alarmismo extremo al señalar el peligro que la concreción de algunos procesos secesionistas pueda derivar en la formación de unidades políticas basadas en un etnicismo racista. Insisto que en las últimas décadas el mundo ha alumbrado numerosos ejemplos dramáticos en ese sentido. Creo que es obvio también el carácter funcional de ciertas expresiones secesionistas con los planes imperialistas del desmembramiento territorial de los estados nación latinoamericanos. Desmembramiento que, no por casualidad, muchas veces involucra regiones clave desde el punto de vista económico y en la apropiación de recursos en una perspectiva centro/periferia. Por último, no debe perderse de vista que algunos movimientos etnicistas radicales han incluido, en acto o en potencia, en planteamientos ideológicos fuertemente antisocialistas. Especialmente si se asientan en la afirmación de una solidaridad acrítica que niega las contradicciones interclasistas u otros tipos de tensiones en el seno de cada identidad étnica o étnica nacional. No creo que la secesión territorial de los pueblos autóctonos y otros grupos sea la solución para mejorar la situación de las comunidades que luchan contra su subalternización y por el respeto a sus derechos históricos. Por eso tampoco creo que la reivindicación del secesionismo mapuche, más allá de sus posibilidades objetivas de concretarse, sea el mejor camino para potenciar la conciencia reivindicativa de estas comunidades. Quiero llamar la atención a un importante movimiento de lucha protagonizado por los mapuches décadas atrás y que se propuso un programa y unas consignas de luchas completamente alejadas de la tentación del etnicismo radical. Me refiero a la movilización de los comuneros indios, junto al resto de los campesinos chilenos, en el movimiento de toma de tierras que se inició en los últimos años del gobierno de Frei y se potenció durante los años del gobierno de la Unidad Popular. En esos años los aborígenes de la Patagonia chilena protagonizaron memorables páginas de lucha contra el estado burgués/huinca y la clase que lo dominaba, en alianza con el conjunto de los explotados de su país. Me refiero a los “huincas” pobres, que pudieran no estar inmunes de prejuicios antiindígenas, pero que no eran los que habían producido y usufructuado la explotación y la marginación de los indígenas. Basándome en estos antecedentes históricos, creo que la solución que se debe propugnar desde una perspectiva socialista no es la afirmación de las soluciones secesionistas, sino el apoyo a la lucha por el reconocimiento y el respeto efectivo de los derechos de los pueblos originarios en el marco de un estado nación que reconozca la pluralidad de identidades. Por eso, procesos como la formación del Estado Plurinacional de Bolivia, más allá de los límites y tensiones que hemos señalado, reviste un carácter progresivo en el contexto latinoamericano. Creo en la plena vigencia de un programa socialista que busque el respeto a los derechos de los pueblos autóctonos luchando por la transformación radical de las reglas de juego de la diversidad racial, sexual y confesional en el marco de cada estado. Una política socialista no puede negar el derecho a la autodeterminación de etnias y pueblos, pero sí trabajar para que esta lucha trate de orientarse a religar a estos grupos en un plano de igualdad en el marco de unidades políticas viables y fuertes. Proceso inscripto en la perspectiva de la construcción de una sociedad sin opresión y explotación de ningún tipo.

Estencil sobre muro, foto tomada por Ricardo Melgar en Valparaíso, Chile, 2008
Imagen 3. Estencil sobre muro, foto tomada por Ricardo Melgar en Valparaíso, Chile, 2008.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

Sé que este enfoque le puede sonar muy pretencioso a grupos e intelectuales de izquierda demasiados enganchados por la cuestión de la etnicidad y la lucha de las minorías. Estamos muy lejos de querer revitalizar criterios y lógicas tan obsoletos y reaccionarios como: “Esperemos que venga la revolución y se van a solucionar todos los problemas”. Pero no veo motivo para renunciar a la idea que las luchas particulares de cada grupo que sufre explotación u opresión puedan llegar a converger, de una manera dialógica, y establecer alianzas estratégicas sólidas, en el proceso de la formación de un bloque que acumule la fuerza suficiente para enfrentar al sistema en su conjunto. Por eso, en mis discusiones con Ricardo le expresé mi disenso frente al criterio que las luchas de distintas minorías por sus derechos deban llevar a aceptar como una realidad, poco cuestionable, la escisión en campos antagónicos, relegando la integración en una síntesis política más general. Insisto que las luchas contra las distintas formas de opresión debieran pensarse como un punto de partida o de llegada y partida, antes que como un puerto solo de llegada. La diversidad no tendría que pensarse solo como una forma de afirmación radical frente al otro, sino como un punto de apoyo para replantear los términos de la alteridad. No como caminos bifurcados que llevan a la diferenciación cada vez más marcada sino como un giro en la búsqueda de un sendero que permita reencontrarse de otra forma en algún punto del camino.

 

Género y clase

¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.
Alexandra Kollontai, “El día de la mujer” (1913).

 

Con Ricardo también hemos cruzado opiniones divergentes alrededor de otro de los movimientos más dinámicos y masivos que recorren el planeta en estos últimos tiempos: el movimiento de mujeres. Ambos coincidíamos en la importancia de la creciente movilización femenina en todo el mundo. De la importancia de la toma de la palabra de distintos colectivos de mujeres y la creciente incorporación a una serie de procesos de un colectivo que abarca más de la mitad de la población del mundo potenciando la lucha del conjunto de explotados y oprimidos del planeta. También en la búsqueda de la superación efectiva de la asimetría de poder entre mujeres y hombres en los distintos campos de la vida social. Aunque personalmente no estoy seguro que la paridad en la cuestión de género se pueda resolver principalmente en términos cuantitativos. Principalmente porque al contrario de la lucha de las minorías étnicas, confesionales, por orientación sexual, etc., la lucha de las mujeres no es una lucha de una minoría. Es la lucha de un colectivo mayoritario que puede descomponerse en un montón de colectivos más pequeños con sus problemáticas propias y tensiones entre sí. A partir de esta contextualización personal de lo que se ha dado en llamar la “cuarta ola feminista”, es que pienso mis críticas a las expresiones más esencialistas y unilaterales de los actuales movimientos de mujeres. Repito que no le cuestiono a nadie el derecho de levantar determinadas posiciones ni creo que hacerlo los convierta ipso facto en enemigos. Solo me reservo el derecho de analizarlas desde una perspectiva crítica e intentar evaluar si son compatibles con los ejes sobre los que se pudiera construir un proyecto de emancipación de la humanidad en su conjunto.

Existe un elemento de fuerte presencia en los actuales movimientos de género sobre lo que quisiera fijar mi crítica. El concepto de sororidad o hermandad general y universal de las mujeres entre sí. En principio pareciera que no hay nada más natural que la hermandad y solidaridad de todos/as los/las que comparten una condición común y problemas comunes. Pero acá volvemos sobre el tema de que no estamos hablando de una minoría con rasgos homogéneos, sino de un colectivo en el que conviven situaciones muy diferentes y que está atravesado por fuertes contradicciones. Estas incluyen las diferencias de clase, el grado de poder que ocupan distintos grupos de mujeres en los espacios de la vida social, la asimetría nacida de la posesión de distintos capitales y los roles determinados por los fenómenos de alteridad estigmatizante (étnicas, confesionales, entre otros) que afectan a las relaciones intragénero. Aquí nos enfrentamos a una serie de problemas que no se pueden sortear ignorándolos, a menos que nos atrevamos a afirmar que no existe algo identificable “como un arriba y un abajo” y otras sendas asimetrías en el seno de la sociedad. No negamos que existen situaciones, instancias y debates donde tiene cierta lógica postular un posible consenso general del colectivo de mujeres. Pero también existen otros muchos casos en que tal cosa no es posible. A mi juicio la sororidad, entendida en un sentido universal, entra en tensión no solo con una construcción política de orientación socialista, sino que hasta genera tensiones con la construcción de movimientos de carácter reivindicativo de las clases subalternas y de los movimientos que luchan por los derechos de minorías subalternizadas. En este punto es donde nos volvemos a chocar de narices con un problema que mencioné más arriba. Un concepto como la sororidad universal solo es concebible si aceptamos como único horizonte posible la separación creciente de los géneros femenino y masculino como campos antagónicos. Lo mismo sucede con las polémicas prácticas punitivistas que, en algunos casos, rozan una lógica cercana a la “caza de brujas” (¡aquellas “servidoras del demonio” de las que muchas feministas se consideran sucesoras!) y que amenazan con llevarse puestos y garantías democráticas elementales (“todo somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario”. ¡Me suena, me suena!). Pasa algo semejante con la forma en que a veces se promueve la “perspectiva de género” en los campos académicos y judiciales. Buscando la contradicción de género donde existe y donde no existe también. Formulándose como un dogma que amenaza con dejar hecho un poroto a las distintas escolásticas que este mundo ha sufrido. Finalmente, son bastante criticables algunos rasgos revividos de eso que en una época se llamaba “hembrismo”. Sobre este último punto, quiero llamar la atención acerca de un diferendo que se produjo el año pasado en el movimiento feminista en la Argentina, cuando algunas agrupaciones enrages se opusieron a la participación de travestis y transexuales en los encuentros anuales de mujeres. No solo se postula la separación entre los géneros, sino que también se reserva el derecho de admisión. Por momentos pareciera que estas muchachas tienen una opinión sobre las minorías sexuales parecida a la que algunos movimientos de afroamericanos antiintegracionistas tenían de los mulatos o algunos fundamentalistas gay tienen de los bisexuales. Sería triste que las autoproclamadas “herederas” de las brujas que murieron en la hoguera terminen por desarrollar una vocación por instituirse en un tribunal inquisitorial.

A la hora de evaluar mis críticas a la “cuarta ola” me causa una cierta tranquilidad constatar que no soy el único en pensar así. Basta recorrer la red con el buscador o repasar las páginas de distintas publicaciones políticas y sociales para encontrar muchos planteos inscriptos en una línea de análisis coincidente con la que yo propongo. Más aún, podemos invocar la tradición socialista de tiempo largo en relación a la cuestión de género. Ahí tenemos a Engels, a Bebel y las muy “ovariudas” Alejandra Kollontai y Rosa Luxemburgo y sus esfuerzos por leer la cuestión de género y su relación con las contradicciones de clase sin caer, en lo fundamental, en un reduccionismo clasista estrecho. Pero más lejos aún de concebir la lucha de las mujeres como un campo antagónico, sin sutura a la vista, con el campo del sexo opuesto. Discutiendo con Ricardo sobre este tema me contestó: “Era otra época. Los géneros femenino y masculino se han terminado de estructurar como campos opuestos entre sí. No es una situación ideal, pero míralo por el lado bueno. Permite la afirmación identitaria de las mujeres, que al expresar su identidad potencian la impugnación del sistema. Igual que lo hacen los gays o los indígenas”. Pero, ¿esto realmente es así? No creo que los aspectos que estoy criticando del actual movimiento de mujeres fortalezcan una conciencia antisistema o ‒con el “perdón” de la palabra‒ revolucionaria. Ricardo mismo reconocía que existían fuertes elementos de intolerancia e irracionalidad en la praxis de algunos espacios feministas radicales. Criterios que reproducían las formas de estigmatización que decían combatir, prácticas que buscaban restringir la libertad de expresión con base en la aplicación del rotulo de “sexista” a todo lo que se mueva y aun de estrategias conscientes para utilizar las prácticas punitivistas como una forma de eliminar molestos competidores en distintos espacios políticos y profesionales. No obstante, Ricardo pensaba que no era tarea de la intelectualidad y la militancia de izquierda impugnar dichas prácticas y criterios. Por lo menos no creía que la agenda política de la izquierda debería incluir la confrontación con esas posiciones. Recuerdo sus palabras: “Todos esos excesos y aun miserias se van a corregir con el tiempo. La experiencia a la larga va a hacer llegar la hora de revisar esos errores, pero solo después de equivocarse mucho. Nunca antes”. Al igual que en la discusión sobre el etnicismo radical, Ricardo pensaba que había que dejar fluir el río heracliteano que, por sí mismo, terminaría drenando sus aguas de impurezas. Honestamente creo que, tal vez, con mucha suerte, los excesos pueden llegar a corregirse, pero soy más escéptico que pueda pasar lo mismo con las “miserias” de las que hablaba Ricardo. Por eso creo que en vez de considerarlas como excrecencias que, algún día, se van a drenar de forma natural creo que hubiera que tener la honestidad de señalar sus aspectos negativos. Especialmente de aquellos rasgos que pueden terminar desnaturalizando la causa que pretenden defender. Por eso, sin esperar a la larga catarata de errores que Ricardo creía necesario que debían sucederse para poder subsanarse, lanzo como una provocación algunos interrogantes: ¿es posible pensar la cuestión de género sin sororidad, sin punitivismo, sin resabios de hembrismo y sin invocar una escolástica de género con pretensiones de suma teológica? ¿No es posible articular las luchas que tienden a unificar al género (la lucha por el aborto, por ejemplo) con otros frentes donde se producen alianzas intergéneros entre colectivos de hombres y mujeres subalternos contra colectivos de hombres y mujeres hegemónicos? ¿No vale la pena explotar la posibilidad de pensar la cuestión de géneros superando, aunque sea parcialmente, la separación en campos radicalmente opuestos?

Cuando intercambié opiniones con profesionales del derecho que trabajan en la confección de protocolos de género, estos me decían: “No se le puede pedir prolijidad y pulcritud a un proceso tan intenso y masivo como el que estamos viviendo”. Le contesté que no se trataba de reclamar prolijidad y pulcritud, sino de explorar la capacidad de revisar lo que se está haciendo para ver contradicciones y tratar de mejorar, sobre la marcha, la praxis que se lleva adelante. Volviendo la mirada hacia atrás creo que uno de los límites más serios que siempre acecharon a los movimientos sociales y políticos de masas fue la incapacidad de poder autoevaluarse y atreverse a mirar los errores cara a cara cuando se está incurriendo en ellos. Fenómeno que luego termina condicionando su posterior desarrollo. En este terreno vuelvo a encontrar vínculos entre el problema de los movimientos étnicos y el feminismo moderno. En los años de 1960 y 1970, cuando se señalaba que los movimientos indigenistas radicales y los movimientos afroamericanos más antiintegracionistas reproducían la lógica racista que buscaban combatir, se invocaba la tesis sartreana del “racismo de los antiracistas” y se afirmaba que ya llegaría el momento dialéctico de corregir ese nefasto juego de espejos. Pero, observando la trayectoria de muchos movimientos radicalizados de defensa de las minorías étnicas, no creo que pueda afirmarse que ese feliz momento se tenga que producir de manera natural. Puede parecer demasiado utópico reclamar ahora lo que siempre fue tan difícil de llevar a la práctica. Pero creo que se debería tener la voluntad y, aun la audacia, de tratar de aprender de los errores del pasado.

 

Iconoclasias, subversiones e inquisiciones

Todo monumento de civilización es un monumento de barbarie
Benjamin (1987)

 

Cuando se piensa en las primaveras sesentiochistas, se resaltan los siguientes rasgos salientes: la autonomía de los aparatos políticos, la iconoclasia y subversión de símbolos y discursos, la crítica a las ortodoxias, la vocación por el dialogo y la intertextualidad, la negación de la oposición entre lo público y lo privado y, como he venido desarrollando a lo largo de este trabajo, la impugnación de las distintas formas de opresión que se verifican en los distintos niveles de la vida social. Rasgos que pueden reconocerse en algunos elementos particulares de las actuales movilizaciones y protestas, pero sin poder ponerse un signo igual entre el ayer y el hoy. Ricardo era un gran entusiasta de los rasgos iconoclastas que revisten los movimientos de protestas actuales. El último trabajo de su autoría que tuve el gusto de leer analizaba los elementos iconoclastas de las movilizaciones de las masas chilenas que ganaron la calle en 2019-2020.[1] Especialmente el derrumbamiento de las estatuas de conquistadores, militares decimonónicos y otros genocidas. Le envié a Ricardo un comentario/devolución donde le decía que sin duda era interesante el uso que se hacía en las actuales movilizaciones de las imágenes, en clave iconoclasta, para crear un campo simbólico propio. Le contaba que evocando mi experiencia del verano caliente argentino del 2001-2002 me inclinaba a pensar que los símbolos iconoclastas que acompañan estas explosiones no son tan difíciles de recuperar desde posiciones nihilistas e incluso reaccionarias. Lo que trae a colación la relación forma/contenido en los símbolos que acompañan estas protestas y al, ya mencionado, carácter de inorganicidad y de resistencia a las formulaciones programáticas o estratégicas que a veces presentan estos movimientos. Ese celebrado, por muchos, perfil post izquierdista, post partidario y post identitario que ha caracterizado a movimientos como el de “los chalecos amarillos” en Francia ‒¡Importa que lleguemos al punto que la gente salga a la calle!‒ Eso es lo válido, aunque no esté claro a donde se va y, ni siquiera, si es que se quiere ir a alguna parte. ¡Se piensa, a veces, que la política “radical” moderna debe hacerse sin agenda, sin identidades y discutiendo hasta la forma en la que se va a discutir! Pero la consecuencia de lo anterior ha sido que en la calle del París combativo, luchadores contra la precarización en el trabajo, los desalojos, los tarifazos y por otras consignas progresivas no hayan podido delimitar campos con aquellos que reclaman que se expulse a los inmigrantes “que le quitan el trabajo”. No hay caso, la inorganicidad tiene sus bemoles y a veces pueden obligar a pagar un precio muy alto. Recuerdo un espacio político muy basista, rimbombantemente anti dogmático y “ultra deliberativo” que floreció en Argentina durante la crisis del 2001. ¡Este grupo decía descreer de las ortodoxias y las estructuras partidarias clásicas pese a que constituía un aparato de apoyo al servicio de un diputado de izquierda que gozaba de un momento de buena fortuna en el mercado electoral! Cuando a los integrantes de este grupo alguien les preguntaba qué programa se proponían llevar adelante, estos se limitaban a responder: “Nosotros tenemos muchas más preguntas que respuestas”. ¡Bien, gracias! Luego de unos meses de entusiasmo este grupo comenzó a perder vertiginosamente adherentes sin haber empezado siquiera a contestar ninguna de esas tantas preguntas que se hacían.

En este punto quiero volver a la comparación con los movimientos de hace medio siglo que no confundían impugnación y cuestionamiento de verdades consagradas con un neutralismo cómodo o con un basismo que se agotase en sí mismo. Que rechazaban la idea que la necesidad de una construcción de masas significara no confrontar con posiciones reaccionarias o autoritarias. Incluso cuando estas se revisten con los ropajes simpáticos de la iconoclasia revulsiva. Hay una distancia grande que separa a la parejita que se besaba sentados en las faldas de una estatua sedente de una plaza parisina con el fondo de un grafiti que decía “Cambiar la vida para cambiar el mundo” del piquete de feministas lesbianas que lleva como estandarte un hacha con la que afirman que hay que castrar a todos los hombres. ¡Esta última imagen es tan “contestataria” como el icono de un asesino serial que amenaza con una motosierra en una película trash que pasan en televisión de cable en trasnoche! ¡Se me ocurre que existen diferencias entre conquistar derechos y atribuirse la potestad de privar de sus derechos a los demás… y ni qué hablar de privarles de una parte sensible de su anatomía!

Aunque algunos se hayan olvidado, una de las consignas del mayo del 68 era “prohibido prohibir”. Me tomo el trabajo de recordarlo machaconamente por que hace poco me enteré por la web que no faltan quienes han solicitado que no se utilice en las aulas el cuento de la Cenicienta porque tenía elementos machistas: la pobre huérfana se redimía por su casamiento con un príncipe mientras las que la explotaban y maltrataban eran su madrastra y hermanastras. En Estados Unidos algunos movimientos afronorteamericanos han pedido la exclusión en las escuelas La Cabaña del Tío Tom porque reproduce el estereotipo del esclavo sumiso. Me parece difícil negar que en la vida real existen mujeres que son victimarias de sus pares de género y explotados y oprimidos que no son capaces de rebelarse contra sus verdugos. Quisiera que alguien me explique por qué no se debe utilizar como texto escolar libros que incluyan ese tipo de personajes. El cerebro de cualquier persona pensante puede intentar diferenciar entre un estereotipo y la realidad en su conjunto. Trabajando con niños se le debería explicar que lo que se le relata es, en el mejor de los casos, una parte de la realidad. Si no creemos que eso pueda ser posible estaríamos en serios problemas. Sería como confesar que nos resulta molesto pensar. Tuviéramos que pedir que se prohibieran obras como el Mercader de Venecia, Oliver Twist de Dickens, algunos relatos de Quevedo y Villegas que sin duda tiene elementos antisemitas o películas como Lo que viento se llevó, llena de estereotipos de negros serviles. Solo por mencionar unos pocos ejemplos entre muchos. ¡Ni Shakespeare se terminaría salvando de algunos iconoclastas defensores de la diversidad! En defensa de estas posiciones normativistas se escucha cada vez con más frecuencia la siguiente frase: “la libertad de expresión no debe ser pretexto para discriminar”. Acá de vuelta creo que nos volvemos a topar con un razonamiento que implica la confesión tácita de que no se puede esperar que la mayoría de la gente pueda analizar, evaluar y poder rechazar aquellos mensajes contrarios al respeto por la diferencia. Volvamos ahora sobre las actuales prácticas de iconoclasia popular para marcar diferencias.

Encuentro legítimo el derrumbe de estatuas como las que Ricardo estudiaba en el caso chileno o el derrumbe de monumentos de negreros, genocidas, etc., que se produjeron en Estados Unidos, Inglaterra y Bélgica durante las movilizaciones antiracistas de este año. Porque en estos casos no está en juego la libertad de expresión. Cuando se erige una estatua a alguien se está eligiendo homenajearlo. Cada día que esa estatua está en pie seguimos eligiendo homenajear a dicho personaje. Nadie puede estar obligado a rendirle homenaje a quien negó a los demás el derecho a la libertad, a la igualdad, a la dignidad o a la vida. Es legítimo que se quiera borrar todo rasgo de homenaje a represores, genocidas, racistas, tiranos, etc. Porque no se trata de impedir la expresión de nadie, sino de combatir una forma de violencia simbólica. Una violencia simbólica unilateral. Sin duda existen diferencias entre el derrumbe de la columna Vendome durante la Comuna de París y el derrumbe de la estatua de un genocida como Leopoldo II de Bélgica. Podemos reconocer cierta asimetría entre la celebración del triunfo del imperialismo napoleónico sobre los imperios absolutistas y la glorificación de un explotador que hizo una fortuna sobre las vidas de cientos de miles de mujeres, hombres y niños en el Congo. Pero ambas están inscriptas en el orden de lo que puede pasar en un proceso de movilización de masas. Bajo ningún concepto hago extensiva esa legitimidad a la censura de libros, películas, piezas musicales, etc. que nadie está obligado a leer o escuchar y que, aun en caso de hacerlo, nada les impide luego ejercer la crítica total o parcialmente. Censuras que no se ejercen al calor de la movilización que enardece los espíritus, sino que se pueden dictaminar desde cómodos despachos. Hace cien años alguien escribió en un libro que la libertad es, fundamentalmente, la libertad del que piensa de otro modo. Esto no fue escrito por ningún demagogo facilista, por un religioso sinuoso y retorcido, ni por ningún pseudohumanista hipócrita apoltronado en un sillón de burócrata. Lo escribió alguien a quien le sobraban credenciales para considerarse revolucionaria. Me refiero a Rosa Luxemburgo, que desarrolló ese concepto en su libro Crítica de la revolución rusa (1917), escrito meses antes de que un aprendiz de genocida nazi la matara de un culatazo en la cabeza por el crimen de haber luchado toda su vida por un mundo sin explotación ni opresión de ningún tipo. Si la “cumpa” Rosa se animó a criticar los errores de los bolcheviques enzarzados en una guerra civil brutal y amenazados por la agresión de múltiples ejércitos imperialistas, miren si en la actualidad no podemos revisar sobre la marcha los posibles errores de lo que estamos construyendo. Nada nos impide hacerlo. A menos que, en el fondo, lo que nos propongamos no sea conquistar derechos para un colectivo, sino conseguir más poder para algunas personas.

Graffiti, foto tomada por Ricardo Melgar en Valparaiso, Chile, 2008
Imagen 4. Graffiti, foto tomada por Ricardo Melgar en Valparaiso, Chile, 2008.
Fuente: archivo familiar Melgar Tísoc

 

El socialismo como horizonte

Vamos a andar/con todas las banderas/ trenzadas de manera/que no haya soledad.
Silvio Rodríguez, “Vamos a andar” (1980).

 

Como se ve, mis últimos debates y discusiones con Ricardo fueron picantes y enriquecedores. Me sirvieron de disparador para reflexionar sobre una serie de problemas candentes, arribar a conclusiones y proponer posibles caminos. En este punto es donde quiero sintetizar mis fraternales diferencias con Ricardo sobre la evaluación del momento mundial y los movimientos sociales y políticos que lo atraviesan. Ricardo parecía convencido que desde el “fin del siglo corto”, y quizás de antes, se había consolidado una relación de fuerzas y una subjetividad que imposibilitaba el triunfo de movimientos políticos antisistema clásicos. Era muy crítico de los viejos modelos de izquierda, sus formas de acumulación política y sus ya bastante cuestionadas ortodoxias. En los días que corrían, los movimientos más convocantes parecían ser los que luchaban e impugnaban a partir de una situación particular antes que los que perseguían mega objetivos más generales. Estos movimientos podían ser, incluso, más fecundos por su praxis creativa, inorgánica y versátil antes que por su capacidad de llevar adelante programas y objetivos prefijados. En el momento histórico contemporáneo su potencial se manifestaba más en su capacidad de quebrar el quietismo y el statu quo de larga data que por la posibilidad de ser el embrión de la construcción de un orden radicalmente distinto al actualmente existente. Lo importante era arribar a un nuevo puerto, aunque no se supiera por donde debiera seguir la travesía. Cada movimiento iría modificando el equilibrio de fuerzas en su propio frente o espacio. Sobre esas trasformaciones parciales y localizadas, algún día, quizás, se podría pensar en otro tipo de transformaciones más generales que hoy por hoy parecían difíciles de avizorar o prefigurar. Como es obvio, Ricardo no estaba solo, ni mucho menos, en su identificación en esta lectura de la realidad. Sin duda esta cuenta con un grado de representatividad nada insignificante en la intelectualidad y el activismo modernos. Yo me separo de dicho enfoque porque no considero que la pluralidad de sujetos, e identidades excluya, forzosamente, la posibilidad de intersecciones más orgánicas entre los distintos frentes de lucha. Que no pueda pensarse en la articulación de la mayor cantidad posible de frentes para la formación de bloques capaces de luchar contra el sistema en su conjunto. No creemos que la fuerte representatividad de los movimientos que luchan por las cuestiones de géneros o minorías, nos obligue a pensar la separación radical entre campos antagónicos como un horizonte infranqueable a corto o mediano plazo. No creemos que tenga que plantearse una solución de continuidad entre el momento de la multiplicación de las luchas con la búsqueda, por difícil que sea, de una articulación entre estos frentes sin que pierdan sus rasgos específicos y su autonomía relativa. No consideramos a los viejos modelos de partidos revolucionarios como herramientas completamente caducas, aunque coincidimos en que deben revisarse aquellos rasgos de los viejos aparatos que históricamente entraron en contradicción con la formación de bloques sociales amplios y dinámicos. Por todo lo anterior, insisto que los actuales movimientos deben pensar sus luchas como procesos que sean a la vez puertos de llegada y puerto de partida. Que sean afirmación, pero también acumulación de fuerzas para avanzar a etapas superiores.

La tendencia que desde hace más de medio siglo impulsa la impugnación y la lucha contra la explotación y la opresión en todos los niveles de la vida social no es incompatible con la lucha por la formación de una voluntad común. La de todos aquellos que queremos un mundo sin explotación, ni opresión y la que pensamos sigue siendo un valor vigente: la fraternidad de todos las mujeres y hombres que estamos situados más acá de la frontera que separa a la explotación del trabajo, la hegemonía de la subalternidad y la opresión de los oprimidos. El largo camino que hizo perder legitimidad al esquema anti dialectico que reducía todo a las contradicciones de clase, para multiplicar los frentes, identidades y sujetos deriva en el desafío de volver a religar a todos los frentes de lucha. Proceso en el cual, a no dudarlo, son inasimilables los esquemas que postulan la no sutura de las contradicciones entre los distintos sujetos que integran el conjunto de los explotados y oprimidos y que incluso proponen acentuarlas. Incompatibles con la perspectiva de construir una sociedad igualitaria, desalienada y liberada de las peores miserias del actual sistema. Eso fue lo que, en alguna época, se pensaba que sería una sociedad socialista. Idea que fue sencillamente resumida en una estrofa del himno de los trabajadores, que prometía:

 

El día que el triunfo alcancemos
ni esclavos ni hambrientos habrá
los odios que al mundo envenenan
del mundo lanzados serán.
El hombre del hombre es hermano
derechos iguales tendrán
la tierra será el paraíso,
patria de la humanidad.

 

Sin duda alguna no son objetivos fáciles de concretar, pero conservan toda su vigencia, justamente, porque todavía no pudieron ser llevados a la práctica. Que no quede la menor duda que la lucha por un mundo que honre la pluralidad y la diversidad solo puede alcanzarse como parte del proceso de la lucha por un mundo donde se termine la explotación y la opresión de cualquier tipo.

Ricardo Melgar Bao y Daniel Omar de Lucia, Buenos Aires, 2015
Imagen 5. Ricardo Melgar Bao y Daniel Omar de Lucia, Buenos Aires, 2015.
Fondo: Claridad (Buenos Aires), núm. 9, 1920.
Fuente: Archivo familiar Melgar Tísoc.

De izquierda a derecha: Ricardo Melgar, Hilda Tísoc, Dahil Melgar, Daniel Omar de Lucia y Adriana Oger, Buenos Aires, 2011
Imagen 6. De izquierda a derecha: Ricardo Melgar, Hilda Tísoc, Dahil Melgar, Daniel Omar de Lucia y Adriana Oger, Buenos Aires, 2011.
Fuente: archivo familiar Melgar Tísoc.

 

Notas:

[1] [N. E.]: Véase la nota editorial “Chile Hoy: Iconoclastía laica y protesta urbana” (2020). Pacarina del Sur (42). Disponible en: http://pacarinadelsur.com/nuestra-america/pielago-de-imagenes/1851-chile-hoy-iconoclastia-laica-y-protesta-urbana

 

Referencias bibliográficas:

  • Benjamin, W. (1987 ). Tesis de filosofía de la historia. En Discursos interrumpidos, vol. 1: Filosofía del arte y de la historia (págs. 175-191). Taurus.
  • Kollontai, A. (mayo de 2002). El Día de la Mujer [1913]. Obtenido de Marxists Internet Archive: https://www.marxists.org/espanol/kollontai/1913mujer.htm
  • Williams, E. (2011). Capitalismo y esclavitud. Traficantes de Sueños.

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